lunes, agosto 10, 2009

Seirến

La carabela se balanceaba a babor y a estribor sin rumbo fijo entre las olas salvajes creadas en la tempestad. El diluvio era perpetuo y titánico, y junto con las olas más grandes que hayan existido en los mares, se formaba un despiadado intento por destruir el barco herido.
Cada segundo era interminable y destructivo para la embarcación. La tripulación intentaba sostenerse, pero con el paso del tiempo y de las olas feroces sobre la cubierta, pocos lo lograban y el resto caía al mar para ser arrastrados hasta el fondo del suelo marino, donde tenían lugar los más tenebrosos monstruos de la naturaleza. El capitán ordenaba que resistieran, pues el dolor y el terror valían la pena al pensar en lo que podían atrapar, la idea de llegar a
Su isla valía cualquier precio... El capitán era un hombre de tez recia y áspera, su abundante cabello cano enseñaba su edad madura y le daba un aire de sabio misticismo que, junto con su ruda manera de ser, lo convertían en un lider incuestionable.
No debía de ser más del mediodía, pero en aquel lugar perdido del océano era la mas terrible noche, la oscuridad reinaba en ese infierno acuoso y frío, y en el agua y en el viento se percibían sensaciones anormales. Todos los tripulantes sentían que eran observados pese a estar acompañados solo de agua, y algunos empezaron a oír voces. Voces dulces, voces suaves. Voces melódicas, armoniosas. Voces cálidas, hermosas, celestiales.
Pasaba el tiempo y el clima, con lentitud, mejoraba. La tripulación sobreviviente - no mas de una decena de personas- estaba dichosa, mientras que el capitán, no. El capitan temía más que nunca.

Los hombres empapados celebraban y rezaban a medida que el barco dañado seguía avanzando con solo un mástil luego de la batalla contra la tormenta en la que salieron victoriosos. Las voces también se hacían más claras y parecían estar más cerca a cada instante; parecían unas mil voces formando un coro perfecto, unos seres santos y mágicos que venían a ayudar a unas personas que habían sufrido tanto. El capitán estaba enterado de esto y viró hacia otra dirección, tratando de resistir el encanto de las voces. La tripulación lo notó, y sin la necesidad de comunicarse, todos juntos se amotinaron. Ataron al capitan al único mástil, y se dirijieron hacia las voces perdiéndose en la inmensidad desierta e inexplorada del mar.
Todos los hombres sonreían menos el capitán, que vociferaba con su voz ronca y tuvo que ser amordazado.
La carabela avanzaba sobre el agua más calma que hayan conocido; no causaban ondas en la superficie y ni los peces se animaban a dañar esa paz repentina. Solo en la mente del capitán persistía el recuerdo del limbo anterior.
Llegaron hasta un punto en que las voces llenaban el aire y los corazones con su armonía. El viento dejó de soplar y se quedaron varados, pero a nadie parecía importarle.

Un movimiento en el agua. Todos escucharon el pequeño murmullo de un cuerpo nadando en la superficie, y todos fueron a ver.

Unas mujeres hermosas nadaban desnudas en el agua con sensuales movimientos, y mientras nadaban, de sus labios salía ese divino canto de amor empíreo. Los hombres las miraban con deseo incontrolable propio de los marinos, pero a la vez tenían los ojos llorosos por observar y escuchar tanta belleza. Poco duraron los hombres a bordo del barco, todos se tiraron de cabeza al mar, sin poder resistir ni desperdiciar el llamado de esas mujeres. Cuando el último de la tripulación dejó la cubierta, ellas sonrieron con malicia. Dejaron ver sus dientes filosos y desproporcionados, y nadaron hasta los hombres con hambrienta necesidad.

Una masacre sangrienta tuvo lugar en esa oculta región. Los hombres se consumieron en terror al ver el rostro de esas mujeres sufrir metamorfosis repulsivas e incondedibles: cada una se transformaba en un engendro horrible, con una boca que crecía a medida que se acercaba a su presa hasta parecer una boca de tiburón o tal vez mayor, y todos vieron su error principal cuando, al sumergirse la primera de esas mujeres asesinas, debajo de su cintura observaron como una verde azulada capa de escamas formaba una aleta enorme que las impulsaba. Eran sirenas.

Ninguna tenía idea de la existencia del capitán, y por eso cuando terminaron su banquete, se fueron. El único ser vivo que quedaba sobre la carabela había visto a los hombres tirarse al mar, trató de detenerlos, pero no podía hablar, y aunque hubiera podido, sabía que ya estaban bajo el encanto innegable de las sirenas; luego escuchó los gritos y aullidos de terror de sus hombres, junto con el chapoteo que hacían al resistirse, pero sobrevivir ya era imposible.
En poco tiempo, el mar volvió a ser el mar: las olas volvieron, el viento sopló de nuevo, y el barco con solo el capitán a bordo empezó a moverse. Éste pudo escapar de sus cadenas y tomó el control del barco. Sin tripulación era imposible seguir con el viaje que había planeado al zarpar, la isla que había visto volvía a ser solo una fantasía lejana, ahora la cuestión era volver a la civilización y encontrar la salida de mundo de seres mágicos y peligrosos.

lunes, agosto 03, 2009

Futuro sombrío

La calle estaba vacía, ni un alma rondaba la manzana. El empedrado, las baldozas y las casas, todo de color gris, daba un resplandor triste y desolado. Dos personas que venían de lados opuestos se iban a cruzar pronto en una esquina allí cerca.

Las dos personas que esperábamos aparecieron a la hora en la cual habían acordado.
Uno llevaba un sobretodo marrón claro y la otra persona otro igual pero más oscuro, aunque todo se veía gris a las luces de los faroles. Otros compañeros y yo estábamos buscando a los neomarxistas subversivos traidores a la patria, y nos habíamos infiltrado en una de sus redes. Fue increible la valentía del compañero García para poder soportar la companía de esos homosexuales y liberales, pero gracias a su esfuerzo habíamos descubierto a estos dos delincuentes que pretendían una revolución en nuestra buena tierra.

El hombre de sobretodo oscuro llegó a una esquina donde había un farol dubitativo y palpitante, y dobló en un callejón; el de sobretodo claro miró sobre su hombro antes de hacer lo mismo.

Habíamos encontrado una de sus guaridas mas importantes. Se decía que allí se almacenaban materiales imprescindibles para la doctrina comunista, y eliminar aquel lugar de morbo y decadencia era vital.

Ambas personas entraron por una pequeña puerta corroída por la humedad, aún sin hablarse ni mirarse. Una vez dentro, sin prender las luces, atravesaron con dificultad un cuarto atestado de libros; en las paredes, en los muebles y hasta en el piso, apilados de forma desprolija, había obras de diferentes autores como Shakespeare, Platón o Poe, obras religiosas como Biblias o el Corán, y textos científicos como "La creación del Universo" de Hawking o "El origen de las especies" de Darwin; en fin, libros que se salvaron de la última quema organizada por la policia.

Los compañeros empezaron a movilizarse. Dos decenas de nosotros estábamos en la calle, en la esquina, esperando la señal del jefe, que se encontraba en el techo de enfrente a la guarida de los delincuentes, observando todo. Poco a poco nos fuimos acercando en silencio al lugar donde se encontraban los traidores, con nuestras armas sin el seguro y con nuestras camionetas listas para llevarlos presos, aunque eso era poco probable que sucediera...

Los dos hombres llegaron hasta una habitación en la que sí podían hablar, pero la conversación fue corta y concisa.

- Están afuera.

- Sí.

Con un instrumento partimos la puerta y yo fui uno de los primeros en entrar. Chocamos todos con unas cosas de papel, creo que se llaman libros, hacía mucho que no se hacían de esos y tener alguno sin permiso expreso del Gobierno era un delito grave, y por lo que me contaron luego, eran libros muy peligrosos. No entendí como unas cosas de papel con letras podían ser peligrosos, pero no me pagan por pensar. Tiramos y pateamos todos los libros que nos cruzamos, pero luego vimos que eran demasiados y pedí que trajeran combustible. Entramos en otra habitación, y ahí estaban los traidores, sentados uno al lado del otro, sin hablarse. Tanto asco me dieron esas dos cosas ahí sentadas que con mis compañeros no pudimos contenernos y los golpeamos con furia y repugnancia. Uno quedó inconciente, el otro seguía con la mente enfocada (si es que esos cerdos pueden tener una mente y no un envase de diabólicos mandados.)

Los dos hombres fueron golpeados brutalmente. Huesos rotos tenían por montones, y parecía haber mas sangre en el piso que en sus cuerpos. Sabían que los estaban vigilando, era muy dificil no ser perseguido, hicieras algo en contra del Gobierno o no, y no se podía zafar por siempre: tenían gente en lugares públicos como plazas y hospitales, ni hablar de las iglesias, sin contar los micrófonos que ponían las empresas de cable y de teléfono en el momento de la instalación. Todo el mundo era vigilado, en todos lados había ojos, en todos lados había oídos.

El jefe vino. Dejó solo a unos cuantos de nosotros y nos encargó rociar el lugar con los bidones de gasolina que yo había pedido. Algo risueño, cumplí con mi deber ciudadano de seguir las órdenes, y mi orgullo fue mayor cuando el jefe me habló: "Dame lo que te queda" fueron sus palabras. "Señor, sí, señor" fue mi respuesta nerviosa. Luego dirigió unas palabras a los infrahumanos que estaban tirados en el piso.

- ¿Cuando aprenderá la gente como ustedes, subversivos de mierda, el orden de las cosas? ¡¿Quieren hacer a todos como ustedes, comunistas, rusos hijos de puta?! - dijo mientras rociaba a los delincuentes - ¡Esto es lo que se merecen!

El jefe de policía echó la gasolina que quedaba a esos dos hombres, y cuando sus lacayos salieron, fue él quien tiró su cigarrillo y comenzó el incendio. Llamas azules comenzaron a devorarlo todo. Enseguida los libros ardían junto con la casa, y los dos hombres heridos gritaban y aullaban al sentir al fuego consumir su carne. El jefe y los policias observaron el espectáculo con asombrado regocijo. Fue el final de dos personas cuyo único delito fue ser amantes de los libros.

Todo se quemaba, todo se volvía negro y mas pequeño, y los hombres gritaban y se retorcían con gestos del más terrible dolor mientras de su boca salía un líquido espeso y desconocido para mi, y sus ojos se derretían... en fín, algo hermoso. Entre sonrisas y congratulaciones fuimos hasta una patrulla, satisfechos con haber cumplido nuestro deber y haber mantenido la ciudad a salvo. Es un privilegio y un honor servir a la sociedad de esta forma.

sábado, agosto 01, 2009

El peor destino (el Caminante IV)

Caminaba por el sendero de tierra cuando una bandada pequeña de gorriones pasó apenas sobre él. Sonrió al verlos proyectarse por el aire, pero tal sonrisa se le esfumó al ver que el vuelo era nervioso y alarmado. Llegó a la curva y dobló por ella, pronto llegaría a la cabaña por el camino más bello que conocía y el que a la mañana había sido una bendición...

Un momento de duda. ¿Un detalle, tal vez?. No, más que eso. Se detuvo. Algo estaba mal. No estaba así. No podía estar así. ¿Los árboles giraron contra él? ¿La naturaleza acababa de decidir que lo detestaba?

- ¿Qué cambió? - dijo al aire petrificado, diferente del que había estado sintiendo.

Una gota solitaria nació en su nuca y bajó por su espalda, contagiando a su cuerpo la densa tensión del aire. Un viento animal apareció de repente para sacudir todas las hojas de los numerosos árboles, creando un sonido extraño y perturbador de campanillas creadas a base de flores muertas que logró transformar su preocupación en miedo.

- ¿Qué... qué cambió?...

"¿Estaba nublado recién?" se preguntó. Le parecía que no, pero debía de estar equivocado. El cielo estaba carbonizado a pesar de que recordaba con claridad la tibieza del Sol en su rostro hace minutos, cuando no lo tapaban los árboles del bosque. ¡Por Dios, tenía la gorra puesta, había Sol segundos atrás!. Recordaba también hace solo un rato el calor cómodo y clásico del final de la primavera, donde el verde es el más vivo de los colores, y de repente todo se había vuelto gris: comprendió que las flores y los árboles, lejos de querer infundirle miedo como había pensado, también sentían el profundo terror del ambiente, él y toda la vida de allí estaban siendo víctimas de algo innombrable y maléfico.

A la distancia, un ligero ruido acompasado. Una rama se rompió no muy lejos de aquel hombre. Tuvo frío. Empezó a tiritar.

Los segundos se negaban a pasar. Lo único que podía escuchar era el golpeteo de sus dientes por el movimiento de sus mandíbulas y los golpes apresurados de su corazón que temía no volver a latir. El viento había escapado, al igual que el aire; los animales e insectos la mayoría había muerto. No sabía como, sólo lo sabía.
El ruido acompasado de nuevo, más cerca. Ni su corazón se animó a opacar a ese ruido, a esos pasos cada vez mas cercanos...

Y apareció. De entre los árboles sin vida surgieron todos los miedos del hombre. La soledad estaba allí, junto con la locura, y junto con la desesperación, el abandono, el pánico, el terror, la muerte. Todo estaba allí, rodeado de sombras que ese ser expandía a su placer.

Del ente que salió del bosque, lo primero que vio fue su cabello rojo de tenebrosa concepción, que caía por su nuca, era encerrado en su cabeza por un sombrero negro chato, y que chocaba con una campera de cuero oscuro en el final, pero lo mas notable era la palidez mortal y la macabra expresión de su sonrisa, intimidante como nada más en el mundo.

La criatura sobrehumana enfundada en cuerpo de hombre lo observó unos instantes, y él hombre, a pesar de que no podía ver los ojos de eso por la poco casual sombra que tapaba parte de su rostro, sentía que la mirada no se centraba en su carne, sino que se centraba en su alma, que estaba indefensa contra el depredador que la observaba.
Adelante en el camino había algo irreal, algo que las leyes del universo no deberían permitir: una criatura irreconocible, poderosa, oscura, sin forma y recluida en un cuerpo que no envejece.

- Me dicen "El Caminante de Ojos Negros..." - dijo la criatura.

El hombre comenzó a llorar en silencio mientras su vida se deformaba poco a poco. Quiso suplicar pero no tuvo valor, no era capaz de atreverse a formular una pregunta, ni siquiera una tan miserable. Solo quería morir rápido, que la tortura acabase. Pero no tuvo esa suerte.

- Te necesito - dijo de nuevo el ente - y vas a acompañarme.

- Sí, lo acompañaré...

- Por siempre.

-
Por siempre.

Era imposible resistirse, la primer palabra ya había roto el vidrio fino que protegía su cordura, y las demás terminaron por destrozar su sentido de la realidad y de lo imposible.
Estaba condenado.

La criatura se acercó, y el hombre que había existido en ese envase llamado cuerpo se perdió para siempre, quedó acorralado en su propia mente sin ni siquiera tratar de escapar porque sabía que afuera estaba eso, quedó encerrado viéndolo todo sin poder ser obedecido por sus propios músculos, viendo a eso que lo dominaba por completo.

El único destino peor que la muerte era el suyo.

lunes, julio 27, 2009

Amor y sensualidad

Es un aire de amor y sensualidad. Los que la han visto reconocen entre las cortinas de su memoria el aroma a romance soñado que nunca ocurrió, y recuerdan el aura nívea de belleza que dejó en cada lugar por el que deambuló su encanto.

Es la verdadera combinación entre la ternura que brotan de las flores silvestres criadas por la naturaleza de los bosques, hermosas e indefensas para cualquier ojo capaz de sentir, y el deseo pasional y lujurioso capaz de generar por la mujer ideal, la mujer fantástica y perfecta que no existe, pero lo existente más parecido es ella, que camina con la gracia de la persona que aparenta sin soberbia conocer el mundo tal cual es, y por la que muchos darían hasta lo que no tienen, y todo en ella forma una neblina de colores en la que es posible la felicidad completa.

Es ladrona de mis suspiros cada vez que beso su piel tersa de algodón y seda, y dueña de mi alma, que parecía marchita por viejos errores y desamores que cicatrizaron pero nunca pudieron sanar. Es portadora de una hermosura que asombra y enceguece por su claridad y por su luz, que llega desde universos donde todo posee paz armoniosa que resplandece a través de sus ojos y de sus sonrisas. El paisaje de su cuerpo desnudo, puro e inmaculado como arena de playas inexploradas, es capaz de llevarme a la mas sensata locura humana, y de llevar el Sol a mi piel, que arde y quema sin dolor alguno.

El cosmos inimaginable se encuentra en esos ojos que parecen marrones pero que tienen oculta a todas las galaxias y todas las constelaciones, de allí la profundidad de su mirada; las frutas mas sabrosas y dulces, todas se conspiraron para juntarse y formar el par de labios mas exquisito que existió jamas: los suyos. Las curvas de su cuerpo, colinas de oculta estimulacion, esconden los placeres mas sagrados y aún no reclamados por el hombre, pues ninguno ha sido capaz de llegar a ella.

Ninguno jamás, hasta hoy.

Recorrí el cosmos hasta los lugares mas indefinidos, probé las mayores delicias existentes una y otra vez, acaricié y mimé su piel tersa de algodón y seda durante horas, profané con permiso de su divinidad las colinas de su cuerpo, caminé y floté en la niebla de colores, y fui feliz.

jueves, julio 23, 2009

La criatura de la noche

Se despierta intacto, rejuvenecido; el tiempo de la recuperación terminó y se siente nuevo por primera vez en siglos. Sus músculos sin sangre exigen alimento, y en su cuerpo resucita una fiebre hambrienta que fuerza una reacción iracunda de su corazón inhumano.
Con un movimiento corto y rápido de sus manos empuja las tablas que lo aprisionan, y las manda a volar como polvo en el viento de la noche sin estrellas ni Luna. Resurge de la muerte, se incorpora una vez mas a la tierra de los hombres, deja el mundo en el que antes se había adentrado sin desearlo y que se había ganado su odio e incluso su miedo.
Mira alrededor y se da cuenta que está en una necrópolis; cruces de piedra y cemento se alzan de la tierra, con la dignidad necesaria para querer rasguñar y atrapar la libertad de la que alguna vez gozaron los hombres convertidos en cadáveres descompuestos que se encuentran en las criptas cerradas para siempre. Él era el único que se levantaría, de todos ellos, para volver al mundo; poderoso, inmortal y monstruoso.

Aprieta sus puños envuelto en su propia ira hasta clavarse las uñas en la carne, sin sangrar. Sus mandíbulas se cierran con brusquedad y empieza a temblarle el cuerpo presa de la excitación de la cacería que se acerca segura como el Sol que aparece cada mañana.

De su espalda, junto con crujidos de sus vértebras, el desgarramiento de su carne y el rompimiento de su piel, se desprenden dos alas, compuestas por varios cartílagos largos, duros y flexibles, unidos por una membrana transaprente y resistente aunque de falsa fragilidad.

Corre unos metros y salta otros tantos. Sus alas lo elevan, y el viento, ademas de transportarlo a gran velocidad, le provoca una sonrisa que estremecería a cualquier ser viviente. La cacería se encuentra tan cerca que casi puede sentir en su lengua la textura delicada y preciosa de la sangre, y el tanto pensar en ese elíxir que necesita con urgencia le provoca la promiscua salida de cuatro colmillos enormes y afilados. Los muestra al viento mientras se acerca a un pueblo anónimo e inocente, pero que sufrirá de una maldición tan antigua como el primer hombre.

El vampiro se acerca y no existe escapatoria alguna.

viernes, julio 17, 2009

El encuentro con Caronte

Había terminado de leer un libro antiguo de casi seiscientas páginas y tapa dura, impreso hacía mas de ochenta años, y necesitaba guardarlo de donde lo había sacado. Tomé la escalera con las pequeñas ruedas deslizantes, y fui de una punta a la otra de mi sala biblioteca. En el noveno estante del mueble de la pared sur estaba el hueco para ese libro, y pese a que el médico a mi edad no me lo recomendó, subí por la liviana escalera. Con casi setenta años cumplidos, puedo entender que esto que me pasó fue una advertencia del destino, tengo la suerte de ser uno de los avisados... pero en fin, sigo con la historia. Subí escalon por escalon con el pesado libro hasta que, cerca del final, resbalé. Intenté con mis manos sostenerme, pero no pude. Caí tres metros y medio y aterricé de espaldas. Sentí el crujido de cada vértebra, el dolor punzante y ardoroso que llevaban mis células nerviosas por todo mi cuerpo, y no tuve la posibilidad de gritar antes de que todo se volviera negro.

Con la certeza de estar muerto, desperté en un lugar oscuro y húmedo, tal vez una cueva. Cerca se oía agua fluyendo. Me levanté sano, sin recordar el episodio de la biblioteca, sin recordar nada en absoluto; me dirigí entonces hacía el sonido del agua, y enseguida encontre un río. Era ancho como ninguno en la superficie - puedo decir con seguirdad que estaba bajo tierra, en alguna caverna subterranea de inimaginable antiguedad - y en el centro del río se formaba una vorágine, un remolino impetuoso que continuaba todo a lo largo hasta donde se podía ver. El lugar y el río no me causaban ninguna simpatía, era un lugar sin luz, pobre, se respiraba humo y carbón, había suciedad en el aire y misteriosos seres que caminaban cerca y lejos mío a los que no podía ver, cosas en el agua que producían el molesto ruido del chapoteo y unos gritos que le ponían a uno la piel de gallina, y llegaban susurros de todas partes, como innumerables suspiros que una brisa siniestra llevaba consigo.

No duré mucho observando el atemorizante paisaje, ya que una canoa arribó a mi orilla. En la embarcación había una persona, un anciano raquítico, enfermo, con barba canosa y sucia que le llegaba hasta el fin de las costillas, y con pelo largo que le llegaba hasta su cintura; era alto pero estaba encorbado, y poseía unos ojos salientes, blancos en su totalidad con solo una ínfima pupila del tamaño de un alfiler moviéndose de un lado para el otro con signos de demencia.

- Mi nombre es Caronte, debes darme una moneda si quieres que te lleve al otro lado - dijo el anciano, sosteniendo un remo aún dentro de la canoa.

No dudé de como ese anciano podría llevarme al otro lado, porque sabía que podría, pero lo más importante era que sabía donde me encontraba: estaba con Caronte, y pretendía llevarme al otro lado del Aqueronte, en el reino de Hades.

Antes de que pudiera contestar, el anciano golpeó furioso con el remo a una de las cosas del agua que intentaba subir a la embarcación, y en su semblante se mostraron unos dientes pálidos y podridos, y de esa boca escapó una voz gruesa acondicionada a la perfección para la acústica de la caverna.

- ¡Nada, nada hasta el otro lado, ladrón, impostor, nada durante cien años! - dijo el anciano, y durante un tiempo indeterminado, el eco del lugar aún mantuvo sus palabras vivas.

Ahí pude ver que las cosas del agua eran personas, hombres, mujeres, ancianos, que se ahogaban en el poderoso río que todo lo arrastraba menos la preciada barca de Caronte.
Los rostros sin ojos y las bocas sin lengua, sumados a la piel arrugada y desprendida de los cuerpos, causaban una repulsión total y a la vez una pena demasiado grande para describirla.

Caronte me miró y no pude hablar. Ese hombre era responsable de todas las personas que morían sin morir en el río, era responsable de todas las personas que sentían como sus pulmones se llenaban siempre más, como si no tuvieran una capacidad limitada, y el dolor de esas personas iría siempre en aumento hasta llegar a la infinita agonía. Era un castigo imposible de soportar, y el portador de esos ojos lunáticos era el culpable, pero obedecía a Hades, era un responsable obligado, y a la vez otra víctima.

- Tú te marchas - me dijo Caronte - no perteneces a este lugar aún.

Me dio la espalda, puso un remo en el agua, empujó y se marchó.

- ¡Espera, me tienes que llevar al otro lado, espera! - grité horrorizado al pensar en sufrir el mismo castigo que la gente del agua - ¡Te pagaré, lo prometo, llévame!

- No, hijo - me contestó - no te vas ni al agua ni te llevaré.

Iba a gritar algo más cuando sentí como unas sombras nacían a mi alrededor y tomaban forma física, levantándose del suelo hasta ser cuerpos de sombra. Grité con terror al ver que los cuerpos de sombra se avalanzaban sobre mí, hasta que me taparon la boca, me taparon los ojos, y todo desapareció.

Cuando abrí los ojos, vi cielo y vi personas. Un hombre con pantalon y camisa verde me preguntaba cosas. Era un doctor, y me estaban metiendo a la ambulancia. El horror había terminado.

Ahora conmigo siempre llevo una moneda, por si llega el momento de irme y tenga un nuevo encuentro con Caronte.

lunes, julio 13, 2009

La Muerte Helada

Mirando hacia adelante solo podía ver su blanca respiración y el cielo indiferente y más lejano que nunca, que se mezclaba con la próxima colina a tal punto que no sabía donde terminaba uno y empezaba lo otro. El sendero era visible, único, marcado con fervor ancestral por los témpanos existentes a ambos lados que dejaban solo ese resquicio para caminar hasta Dios sabía dónde, pero no le quedaba otra alternativa: por el accidente y el frío, era la última persona de la embarcación con vida.

A pesar de tener todos los abrigos de sus compañeros fallecidos, el aire glaciar se hacía notar en su piel hasta congelarla y entumecerla, dejándola dormida en un sueño preparativo para la Muerte Helada que lo estaba siguiendo por ese camino desde que lo inició. Creía escuchar sus pisadas, el crujido que hacían sus husudos pies al posarse sobre la nieve, y el sonido fugaz que hacían al andar sobre el hielo.

El hombre se dio vuelta rápido para observar por un instante un destello más blanco que todo alrededor, algo brillante que era bordado por un aura roja, y sabía que esa era la Muerte Helada, que lo seguía incanzable e indestructible.

El camino ascendía como una colina montañosa, y empezó a cansarse. Las piernas acosadas por el frío no podían cumplir con las órdenes del cerebro agobiado, y avanzó con creciente lentitud hasta casi frenarse por completo. No recordaba la última vez que había dormido, no recordaba haberse sentido tan cansado, y pensamientos así se sumaban a su mente, hasta que el sonido cercano y permonitorio de una pisada le renovó el espíritu.
Un gruñido se escuchó en el gélido desierto cuando aceleró y pudo escapar de la Muerte que se había dejado oír por primera vez. El hombre gritó de dolor cuando unas garras níveas destrozaron su espalda y sus abrigos, pero se pudo mantener en pie y continuó con su escape ensangrentado.

Ella lanzó otro gruñido, esta vez mucho mas alto, para que llegara al alma del hombre, que entendiera que no había salida, que del páramo congelado no iba a escapar, provocó una avalancha gigantesca: desde ambos costados se escuchaba el nival armamento que la Muerte Helada había lanzado.

El hombre corrió con toda la energía que pudo y llegó hasta el final de los dos témpanos. Se desvió hacia un lado y, sin parar de correr, miró hacia atrás, y vio la avalancha que se acercaba reptando hambrienta.

Pero de repente la avalancha frenó. El hombre, ensimismado, miró la nieve que había dejado de avanzar de forma tan drástica sin entender. Luego miró hacia arriba, hacia la cima del témpano y comprendió que había sido todo un juego, pues allí estaba ella: una figura fantasmal, más blanca que la nieve y las nubes, más terrorífica que un monstruo indecible, más astuta que cualquier ser viviente, más antigua que cualquier civilización milenaria, allí estaba la Muerte Helada, de la que nadie podía escapar.